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Armadura y Mariposa
Pocas veces un libro, y más tratándose de una publicación deliberadamente exenta de palabras, nos dice tantas cosas como éste de Juan Armentia. Sin alharacas, sin ahuecar ni alzar la voz, sin efectismos de ninguna clase, lo verdaderamente interesante no necesita de reclamos, el autor de Armadura y mariposa nos invita líricamente a posar nuestra mirada sobre un aspecto de la actividad humana (el deporte paralímpico), pero que, como siempre que se consigue elevar a la categoría de arte, nos da la medida de todo lo que es y puede hacer el hombre.
Las imágenes que Juan Armentia nos presenta, tomadas bajo el sol inclemente y la sofocante humedad de Atlanta durante los Juegos Paralímpicos de 1996, se acercan a sus protagonistas con el pudor y la delicadeza con que tratamos aquello que sabemos noble. Noble, en efecto, es el tesón, el esfuerzo, la entrega de la que hacen gala algunos de los atletas paralímpicos que participaron en esa competición.
Retratados en plena actividad, el objetivo de Juan Armentia, plural y ubicuo, se demora con afecto sincero en unos seres humanos en el acto mismo de dar lo mejor de sí mismos. Sorprendiendo un detalle revelador, que por universal, por humano y demasiado humano, identificamos al punto, u ofreciéndonos la escena completa, la figura y el paisaje, las instantáneas de Juan Armentia, cuya suma componen este libro, parecen querer dar las gracias.
Por eso, quizás, por ese gesto de gratitud que encierran, estas fotografías resultan tan gratas a la vista y al corazón. Nadie puede dar aquello que no tiene, dice un apotegma clásico. Juan Armentia, mostrándose a la altura del espectáculo que retrata, dando las gracias como él mejor sabe - por medio de la fotografía y la fotografía, como todo arte, no es más que el agradecimiento de un don - nos hace partícipes a todos del mejor de los espectáculos: el de la vida en su más noble y alta expresión.
Todos cuantos amamos el deporte paralímpico debemos congratularnos de que un libro como Armadura y mariposa aparezca. De un golpe, presentado esta publicación sabremos decir, sin necesidad de palabras que nunca nos salen, aquello que sentimos cuando nos referimos a deporte paralímpico.
Más allá del Olimpo, más acá de la épica.
Hay lugares comunes a los que se suele recurrir cuando se quiere bautizar al deporte paralímpico: superación, constancia, voluntad… términos que no por manidos dejan de ser calificativos adecuados para expresar lo que en realidad es. Utilizarlos de tal o cual manera, con mayor o menor énfasis, para describir ésta u aquella escena, no es tarea imposible para nadie que domine si quiera mínimamente la elocuencia. Dejar constancia de ellos sobre un papel o proclamarlos desde la oratoria no es nada que no pueda hacerse, pues, sin demasiada dificultad por quien tenga algunos dones para ello. Trasladarlos, empero, a una imagen detenida, encontrarlos en la razón última de un gesto apresado por la cámara, es ya otro cantar. Desde luego no entonable, admito, por el que esto escribe ni, constato, por la inmensa mayoría de quienes con mayor o menor dedicación encuentran en el lenguaje fotográfico vehículo para su comunicación. Diría yo que muy pocos tienen el don de captar sensaciones tan complejas desde el visor de una cámara y trasladarlas al papel químicamente tratado –ahora ya también a la pantalla de cualquier ordenador – para ser luego leídas por el observador.
Por nuestra parte teníamos claro que si queríamos profundizar en estos calificativos y trasladarlos desde unas imágenes, debíamos recurrir a Juan Armentia. Dominador del conocimiento que permite traducir una técnica en arte, testigo de los eventos paralímpicos durante dos décadas, seguidor más allá de lo profesional de nuestros deportistas, era a él a quien debíamos tratar de convencer para que acompañara a éstos a Atenas si luego queríamos proponer una reflexión colectiva sobre la capacidad de aquellos que presentan diversidades funcionales. Desde el principio sabíamos que la tarea más difícil iba a ser solicitar a su familia que nos lo prestara durante buena parte de sus vacaciones, pues jugábamos con la ventaja de saber que la pasión que Armentia atesora a partes iguales por la fotografía y el deporte adaptado, le llevaría a aceptar sin condiciones nuestra solicitud. La comprensión de aquella nos permitió dejarle en un sobre unos billetes de avión, unas reservas de hotel y una acreditación, sabedores que con eso teníamos suficiente para poder presentar ahora esta compilación de arte fotográfico. Nos ahorramos cualquier sugerencia, no nos permitimos ninguna recomendación: sabíamos que él volvería de los Juegos con la esencia de este deporte y sus actores sin necesidad alguna de consejos.
Grecia es por todos bien sabido, el país olímpico por excelencia. No sólo porque es allí donde hace 25 siglos se referencian los primeros juegos polideportivos conocidos. No sólo porque en 1894 fuera en su capital donde el Barón de Coubertain decidiera ubicar el proyecto renacido de unos juegos deportivos de carácter internacional. También porque sus ciudadanos tienen en orgullo ser quienes auspiciaron uno de los eventos con mayor capacidad de atracción a nivel mundial. De alguna manera, pues, decir olimpiadas es decir Grecia. Y su capital se preparó, como pocas, para hacer honor a su designación como sede de los Juegos del 2004. Se construyeron nuevos estadios –algunos de una belleza sin par-, se mejoraron las comunicaciones, se dulcificó su siempre difícil tráfico, se edificaron complejos residenciales..., todo para que los Juegos en su vuelta a casa la encontraran mas confortable y avanzada, para que vindicaran su capitalidad mundial del deporte. Por unos días la transformación fue más que real: su geografía hasta entonces principalmente señalada por los cien templos de su época dorada se vio salpicada de escenarios polideportivos y los eventos en ellos celebrados cautivaron la atención de miles de visitantes, robándoles a aquellos su protagonismo milenario. La fascinación por el arte intuido en los restos arqueológicos se compartió con la de las competiciones… incluso los dioses del Olimpo eterno tuvieron que resignarse a compartir espacio de devoción con los nuevos héroes mediaticos del deporte. Y así los Zeus, Poseidon, Artemisa, Efesto, Heras, Apolo o Hermes compartieron trono por unos días con los Michael Phelps, Kenemisa Bekele, Hicham El Guerrouj, Alexander Popop, Ian Thorpe, Haile Gebrselassie, Nelly Holmes…
Unas semanas después de que en el pebetero olímpico se apagaran sus llamas, la ciudad se vio sorprendida por el transitar variopinto de quienes se reconocían a si mismos como “de la familia paralimpica”. Con el recuerdo todavía fresco de un evento que, como pocos, tiene capacidad para transformar el ser y el estar de una ciudad, se anunciaba una prolongación del mismo, que de nuevo iba a tensionar su vida comercial, administrativa, festiva… Esta vez, sin embargo, con unos protagonistas huérfanos de nombres laureados, sin glorias mediáticas con las que compartir éxitos, sin derecho siquiera a domicilio temporal en el Olimpo. Unos Juegos aparentemente concebidos para que quienes no teniendo oportunidad de demostrar su capacidad deportiva en calendarios y espacios diseñados desde la igualdad, puedan vindicarla, si quiera en paralelo, unas semanas después.
Pero los aedos nos enseñaron que tras el Olimpo está la épica: el espacio para la glosa de las hazañas de los héroes terrenales. De aquellos que no revestidos de cualidades deificadas, pueden, empero, ejemplificar los logros más altos de lo humano. Y en este género los deportistas paralimpicos, no me cabe duda, son capaces de ser protagonistas de las mas importantes gestas que glosarse puedan. El trabajo que hemos tenido el gusto de producir y del que esta publicación no es sino una cuidadosa selección, sirve para testimoniarlo. Más allá de resultados y marcas, la obra de Armentia nos permite traspasar, con quienes son sus protagonistas, los límites de lo socialmente considerado como limitado, acercarnos a la superación última de las capacidades cuestionadas y convivir con quienes, desde una demostración incuestionable de voluntad, son capaces de trascender los designios sociales -otrora tal vez divinos- que se les otorga.
Los Juegos Paralímpicos nos permiten mirarnos en el ejemplo de conductas sobresalientes. Los versos épicos trataban de hacer lo propio. Armentia, con este trabajo, nos ayuda a descifrar una y otra cosa.
Esta publicación está dedicada especialmente a todos aquellos que, representándonos como pueblo, acudieron a competir a los Juegos Paralimpicos de Atenas, consiguiendo en ellos unos resultados excepcionales que forman parte ya del libro dorado de nuestro deporte. Para ellos todas nuestras felicitaciones y agradecimientos. Para ellos este nuestro homenaje en forma de libro.
Quisiéramos aprovechar este espacio de honor para agradecer, también, a quienes han hecho posible esta publicación: a su autor, claro, Juan Armentia, a Aitor Ortiz, por su trabajo durante los Juegos, y a Bernardo Atxaga, por su desinteresada colaboración literaria. Agradecimiento que hay que extender a todas aquellas instituciones y entidades públicas y privadas que con su apoyo han permitido editarla.